PRELIMINAR

¿Cómo vive la gente que vive en Santiago? O más específicamente: ¿cómo logra vivir?, ¿cómo consigue pagar arriendo, servicios básicos y, además, gozar el tiempo libre y de ocio con su familia y amigos?

Ésta es una pregunta fundamental que tiene varias respuestas: el crédito, el endeudamiento y, la más triste de todas: simplemente no viven. Sobreviven mes a mes tratando de rasgar atisbos de felicidad cada vez más escasos.

Es una situación-país que nos perturba tan profundamente, que llevamos mucho tiempo pensando en cómo, desde la casona, podemos aportar.

Nuestra realidad es que tenemos algo que es fundamental: el espacio. Pero carecemos de otra cosa que también es fundamental: la correcta habilitación de ese espacio.

En esta gloriosa casona del año 1902 ha pasado de todo. Nosotros sólo conocemos la historia desde 1972 en adelante, cuando mi abuela, Jeanette (que en realidad se llamaba Juana Rosa), compró este inmueble que luego, tras el golpe militar, sería visitado frecuentemente por efectivos policiales para chequear cada espacio y constatar que no escondíamos comunistas. Aunque a mí, en lo personal, me habría encantado que mi abuela escondiera comunistas en el sótano. Cuán mejor sería la historia.

Spoiler: sí, hay un sótano en la casona. ¿Alguien dijo bar clandestino?

Los que somos de la generación de los ‘80 y ‘90 nacimos todos acá. No acá acá, sino en el hospital que está en la esquina. Ahí mi mamá “nos fue a buscar”, así mismo lo cuenta ella. Y crecimos entre arrendatarios y malas rachas económicas que, en cualquier caso, nunca quebraron el espíritu colectivo.

2 terremotos de por medio, el de 1985 y el 2010, han hecho que la casona tenga sus heridas de guerra. Y no creas que es tan fácil hacerse cargo de esas heridas, pues estamos en un inmueble declarado monumento que corresponde a la zona típica del Barrio Yungay. Esto significa que reparar no es llegar y comprar una pasta muro; requiere esfuerzo, gente especializada, permisos del Consejo de Monumentos Nacionales y dinero. Y lo que nos ha fallado, al menos en este último tiempo, ha sido el dinero (mish, quién lo diría), pero más aún la gente especializada. Encontrar un maestro en Santiago es casi tan imposible como sobrevivir con el sueldo mínimo.

Esto ha hecho muy difícil poder emprender todos los proyectos de rehabilitación y construcción que tenemos pendientes. Así es que llegó el momento de dejar de aspirar a la perfección que sería encontrar ese maestro mágico (la verdad es que lo tuvimos, pero se fue a Perú porque detestaba Chile... no podemos culparlo); y ante la nefasta inexistencia de alguien que pueda reemplazarlo en toda su competencia, hemos dicho: voh dale, nada es imposible, weón, ni una weá.

Y bajo este prisma presentamos CASONA HUÉRFANOS, Residencia pasajera para artistas. Y que dios nos pille confesaos porque no sabemos si estamos siendo increíblemente lúcidos y propicios; o si todas esas cabras que se ven en el momento de allá lejos son nuestras y alguien, gentilmente, tendrá que ayudarnos a traerlas de regreso.

¿Síono?

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